viernes, 10 de enero de 2014

EL CIEGO - 7º Morbo, empatía y el tacto de su mano


 
 

Al día siguiente nuestra Irene se disponía a transcribir el texto del relato a un documento en su ordenador cuando recordó que apenas había prestado atención a los libros que Pablo le había regalado, y aunque todavía estaban enfrascados en el que estaban leyendo, decidió echar un vistazo mientras desayunaba antes de ir a la oficina.  Estaba un poco preocupada porque su pareja, que habitualmente a esa hora ya se encontraba durmiendo, aquella mañana aun no había llegado a casa… Decidió hacerle una llamada pero el mensaje de su móvil era el típico, que decía que en ese momento se encontraba a apagado o fuera de cobertura. Procuró no obsesionarse y continuar con su rutina, después de todo seguramente estaría en casa de algún amigo. Algunas veces cuando terminaban en el Club de Jazz a eso de las 4 de la mañana solían ir a otro lugar a tomar una copa, y si eran mas de dos,  en alguna ocasión había decidido quedarse en casa de alguno de sus colegas músicos, para no tener que conducir de vuelta a casa bebido.

 

Miraba esas nuevas adquisiciones cuando recibió la llamada de su pareja, se disculpaba, al parecer había surgido un concierto fuera de los programados y no era en Madrid, tendrían que desplazarse a otra ciudad y sería ese mismo día por la tarde por lo que decidió quedarse a dormir en casa de quien que le llevaría y traería de vuelta al club por la noche, y no volvería a casa hasta la mañana siguiente.

 

Con la naturalidad a la que estaba acostumbrada, y sin hacer preguntas, siguió con su horario habitual, definitivamente esa tarde cuando volviera a casa transcribiría de una vez por todas, aquel texto que en este momento, había perdido inusitadamente interés, debido a esa historia que su pareja le había comentado al teléfono, no quería pensar pero algo no encajaba…

 

Ya algunas veces por motivos de trabajo se alargaban aquellas faltas de casa y ella comenzaba a pensar que probablemente había algo más detrás, pero en aquel momento de su vida, simplemente no tenía la energía suficiente como para dedicarle tiempo a la historia de su pareja, cada vez se producían mas a menudo estas ausencias y si bien al principio lo pasó mal, el tiempo que es un buen maestro, le enseñó a llevarlas con una enorme calma.

 


Entretanto es difícil imaginar los meses que llevaba Pablo en un hospital con el cuerpo magullado recuperándose de las heridas y  habiendo perdido el sentido de la vista, él se aburría tremendamente tantos días, que cuando Irene llegaba era un soplo de aire fresco que ejercía de revulsivo a su rutina cotidiana, de alguna manera su presencia se había convertido, en lo único que le posibilitaba una vía de escape, no ya a través de la lectura que tanto le apasionaba, sino que casi sin darse cuenta, se había descubierto a sí mismo como el escritor que siempre habría deseado ser, ella le brindaba la posibilidad de ejercitar su narrativa, si bien se encontraba mas a gusto no por su imaginación, sino por la capacidad de narrar pasajes de su vida que de alguna manera le atormentaban, y que el simple hecho de escribirlos, o mejor dicho de dictarlos, le servía para sentirse un poco mejor, y descargar toda aquella intensidad que de otro modo no hubiera podido descargar.


A veces ponía un énfasis exagerado al describir las escenas de sexo, porque le divertía enormemente la reacción de Irene ante esa capacidad suya de hacerla sentir un escalofrío y el morbo que esto le producía, era algo que él disfrutaba con alevosía.


Durante la semana procuraba recordar detalles, de los acontecimientos que le relataría, los más enervantes quizás para que ella sintiera vergüenza al escribirlos, le divertía tanto aquella reacción, le daba un aliciente añadido al momento de dictarlos, una pequeña subida de adrenalina, que incluso le motivaba una leve excitación, era una sensación de las más agradables que había sentido desde que se encontraba ingresado y que le daba la posibilidad de transmitir a su vez a Irene. al notar como su aliento se aceleraba, y su olor corporal se agudizaba probablemente por el calor que le producía escuchar aquellas tórridas escenas de sexo. El se divertía, aunque nunca mentía, eso sí,  daba mas detalles de lo que el mismo relato requería, incluso a veces ampliaba o recrudecía los hechos libidinosamente para provocar esa incomodidad de ella que tanto le atraía…

 

Poco a poco iba desgranando, personaje a personaje cada una de las múltiples amantes con las que había engañado a su mujer, a lo largo de los años, incluso a estas alturas le parecían pocas las que recordaba, porque había habido muchas más, sin que él fuera precisamente un Casanova, si había sido sexualmente muy activo.  A pesar de que su matrimonio debería de por sí, haberle mantenido tranquilo en este sentido, porque en ningún momento la relación física con su esposa había decaído y mucho menos fallado, muy al contrario permanecían, a pesar de los años, disfrutando de un buen sexo juntos, y por separado, aunque era algo que él en ese instante desconocía.

 

Cuando Irene llegó ese viernes por la tarde, el la estaba esperando, antes de que ella se disculpara porque aun no había tenido oportunidad de transcribir el relato, entre el trabajo,  y la desaparición de casa de su pareja no le había sido posible, aunque de este segundo tema prefirió no decir nada… Disculpada Irene, comenzaba la lectura, pero diez minutos mas tarde Pablo le interrumpió para pedirle que escribiera un nuevo relato, tenía una necesidad inminente para dictarle, porque sino que se le escaparían los detalles.

 

Cuando estaba hablando, Irene que escribía como siempre, soltó un leve suspiro y el inquirió si le sucedía algo, a pesar de su disimulo, el notó que había algo extraño, ya que Irene no tenía para nada su aire relajado habitual, pero prosiguió con su relato, casi al final cuando narraba la vuelta a casa con su mujer después de una de estas aventuras esporádicas, Irene súbitamente comenzó a sollozar en voz muy baja, quería evitar que él se diera cuenta, pero comenzó a llorar… Pablo que no sabía exactamente cómo reaccionar se dirigió a ella con una sensibilidad sorprendentemente sutil,  interesándose por lo que le pasaba, a lo que ella desconsolada terminó contándole su preocupación por la ausencia de su pareja, sin una razón que ella pudiera llegar a entender aun… Estaba según parecía totalmente desolada…

 

Pablo procuró tranquilizarla, le pidió que se sentara en la cama para poder tomar su mano y que pudiera sentir un poco de calor humano y su afecto a cambio de todo lo que ella le daba… Entrecortadamente y entre lágrimas le contó lo que le pasaba, y a él, ducho en el arte de las excusas, se le ocurrieron mil razones para que no se preocupara, las fue enumerando poco a poco pero ella no dejaba de llorar, mientras sujetaba su mano con la mano izquierda, su mano derecha acariciaba el hombro de Irene para intentar consolarla, ella temblaba, estaba hundida en una pena que él no lograba comprender, nunca obviamente se había encontrado en aquella tesitura, pero vinieron a su cabeza un montón de situaciones en las que fugazmente podía ver a su propia mujer en ese momento que estaba pasando Irene, se estremeció al pensar todo el sufrimiento que esas repetidas situaciones habrían podido causarle y su mano tembló también al acariciar ese hombro…

 

Ella fue dejando el llanto y atendiendo a las palabras de consuelo de Pablo, autoconvenciéndose de que quizás estaba ofuscándose en algo que no tenía mucho sentido, los minutos pasaron rápidamente y ella le pidió poder irse a casa un poco antes aquel día,  lo que naturalmente Pablo aprobó… Ella apartó su mano aun con la huella de su tacto, y levantándose de su improvisado asiento en el borde de la cama, colocó el libro en el cajón de la mesita, guardó el cuaderno con el nuevo relato en su bolso para poder transcribirlo, se despidió de Pablo con una voz perjudicada aun por el llanto, y él volvió a intentar tranquilizarla con sus palabras.

 

Ambos habían tenido en ese mal momento de Irene un encuentro nuevo, la sensibilidad de los dos había coincidido en un leve espacio de tiempo, y por unos minutos el contacto había sido más humano, piel con piel, sus manos, una sensación que a ambos había dejado tocados, no en el sentido en que cualquiera de nosotros podría pensar, era algo diferente era una nueva forma de sentir esa comunicación mas cálida, mas profunda, que había reforzado la incipiente amistad que se estaba forjando.

 

Pablo quedó sumido en la soledad del cuarto a oscuras, reviviendo esos reencuentros con su mujer después de sus aventuras, escudriñando esas caras en sus recuerdos, vislumbrando todo ese sufrimiento que hasta hoy había sido incapaz de percibir, y sintió por primera vez la empatía que nunca antes había sentido, se sintió extraño.

 


Ella decidió volver caminando por aquel parque, sus lágrimas habían cesado aunque con ese sexto sentido supo que algo estaba cambiando, tenía que hablar con su pareja sobre aquellas ausencias y tenía que hacerlo razonablemente calmada, al menos contaba con un día más para conseguirlo.


Aquella noche releería el cuaderno y se pondría a transcribir los relatos de Pablo…