miércoles, 23 de abril de 2014

Un día la semana pasada, hoy el final... Dia del Libro






Un día de la semana pasada comencé y he tardado cinco días en retomar el final de este “no se sabe qué”, porque ni es cuento, ni es relato, ni es poema, ni canción desesperada, pero refleja lo que me gustaría poder contar a diario, eso que pasa entre tus miradas.

Escribo mientras camino los entresijos del Retiro, recabo en un banco solitario y escucho los cantos de los pájaros, difuminada por mi miopía adivino, más que veo, al fondo el sol y las sombras creadas por la luz en el paseo de coches, tan sólo estropea el idílico momento el ruido de las máquinas que realizan las obras cerca de la antigua casa de fieras.

Comienza a notarse el calor de una incipiente primavera que irrumpe con un aumento de temperaturas tras un invierno liviano en rigores, la oscilación en Madrid entre invernales y estivales suele sorprendernos con esa inusitada inmediatez que siempre nos pilla por sorpresa tanto a castizos, como a foráneos, con el abrigo puesto por las mañanas, manga corta al medio día, y rebecas al atardecer, esa típica locura que nos hace llevar encima el fondo de armario casi completo, en superposiciones imposibles a la par que horrorosas, pesadas y molestas que intensifican los efectos de catarros y el absentismo laboral.

A tan sólo unas horas de la gran migración procesional de unos a las playas y otros a los actos religiosos, dependiendo de los santos de cada devoción, y los de la calle que se prodigan en nuestra ciudad estos días, como en todas las demás, pero aquí apenas notamos la ausencia de ese millón de madrileños, porque al final son casi muchos más, los que vienen a procesionar su fe en nuestras estrechas calles.

Nunca fui ni de silenciar saetas, ni de dejar que el sol me amenace con nuevos melanomas, así es que indolente, veré como el centro de mi ciudad se plaga de gente de otras ciudades, que vienen a disfrutar de ésta, que es de todos, mientras los de aquí seguimos entre nuestro corazón y los asuntos, sin dar la menor importancia a lo que ocurre alrededor, porque sabemos los atajos, y no transitamos las calles abarrotadas esos días, damos vueltas de kilómetros si hace falta para evitar tumultos.

Iverno una nostalgia contenida, que se ha instalado en mi cotidianidad donde lo absurdo de las horas pasa por un caprichoso alargarse a medida que tú te alejas, un día cualquiera me sumirá en este exiguo y enorme vacío, y mira que sé, que te gusta más mi sonrisa, pero me cuesta mostrarla al teléfono, lo intento no creas, algunas veces encerrada en mis miedos, otros liberándola con su tono más sonoramente estridente de júbilo, para luego escuchar como tú la describes, me gusta tanto que lo hagas, y que me digas que soy una especie de instrumento con la mayor escala vocal que nunca hayas escuchado, adornado de múltiples matices, y cómo mi voz te muestra cada uno de mis estados, quizás sea la única vía de salida que concedo a los sentimientos, tal vez sólo esperando largo tiempo a ser sacados por alguien que como tú, recién llegado de mil guerras,  atrapó mi sonrisa y la hizo suya poseyéndola.

Y tus labios en la distancia, calman ese suspiro que escapa cada vez que hablamos, cada vez que me miras entre las letras, cuando con tus ojos paseas a través de mis líneas de izquierda a derecha, cada vez que me lees. Cuando terminas ese punto final y cierras los ojos, me piensas, y tu delatora sonrisa se percata… Ella lo ha hecho de nuevo, me da las pistas constantemente, de que también me piensa…

El devenir de mis días ya no es más que eso al fin, el impás entre dos momentos tuyos-nuestros, algo que sucede porque tiene que suceder, porque no queda más remedio y la vida sigue,  pero los relojes ya solo te esperan.

Y saldré de nuevo a caminarte, a escucharte, a llenar mi pituitaria de los olores de la Rosaleda que mezclados con los de las dalias, y el polen inundan los paseos que camino, miraré de nuevo al Ángel Caído con la infinita ternura que ahora me inspira su pecado, quién no puede entender a un pecador es un malvado, cuando la debilidad es tal vez el único vestigio que de divino nos queda a los humanos.


Y al pasar por el estanque, mientras algún piragüista navega asustando a las carpas hambrientas, veré como se pone el sol inundando de amarillo la estatua del Mausoleo a Alfonso XII, y ahora entiendo el porqué de aquella letra popular: “Donde vas Alfonso XII, donde vas triste de ti, voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la ví…”.Y Justo en ese emplazamiento y en ese instante divagué, que no importa lo lejos que estén dos atardeceres, si los miras con los mimos ojos, terminarán siendo uno solo.