jueves, 31 de marzo de 2016

GABI Y CRIS - V El reencuentro








Según dejamos la historia en el capítulo IV, después de verse interrumpida su relación de forma precipitada por el despido de Cris de la empresa. Ella seguía intentando volver a encontrarse con Gabi…
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Naturalmente Gabi había pasado un fin de semana realmente preocupado, se había propuesto sino volver a conquistar a su mujer, si al menos procurar que la relación retomara algo de intimidad, esa que habían perdido hacía mucho tiempo. Sus hijos no serían el menor problema porque nunca había habido un alejamiento, muy al contrario, en la época en que su pareja comenzaba a languidecer, el tomó las riendas del cuidado, y nada le divertía más que estar con ellos, llevarles a parque o a merendar, y reír como un niño más en su compañía.
La preocupación se debía a que en el fondo de su corazón aún, el recuerdo de Cris estaba demasiado presente. Estaba teniendo muchos problemas con su pareja, que en el tiempo en que estuvieron alejados, se había creado su mundo paralelo y unas amistades con las que él había tenido apenas relación. Gabi no era precisamente alguien fácil para entablar relaciones, en contra de lo que pudiera parecer, punto y aparte era su trabajo.
Se encontraba en la máquina del café cuando sonó su móvil, adivinó incluso antes de escuchar la voz al otro lado que se trataba de ella. Tras unos segundos de saludo, ambos intentaron cuadrar un momento para verse. Él curándose en salud, ya que desconfiaba de la reacción de sus propios sentimientos al verla de nuevo, aunque todo se resolvió finalmente de una forma ecuánime para ambos. Quedarían como lo solían hacer a la hora de comer, y almorzarían juntos, con lo que él tendría asegurada una huida fácil, excusando su obligada vuelta al trabajo, en caso de que todo se complicara y ella conseguía al final aquel nuevo encuentro.
El lugar era conocido, habían estado allí otras veces, un pequeño restaurante de comida casera, desde cuyas ventanas se podía divisar la playa. Ella llegó la primera y eligió una mesa al lado del mirador acristalado. El día era nublado, y no había demasiada gente disfrutando del baño. El mar siempre había ejercido sobre ella un extraño poder hipnótico, apenas podía dejar de observarlo. Dejó su móvil encima de la mesa y se acomodó mientras esperaba la llegada de él. Estaba totalmente ensimismada en el oleaje cuando su móvil comenzó a vibrar, era Gabi disculpándose por el retraso se había torcido un poco la mañana y llegaría un poco más tarde, sonrió, casi adivinó que aquel retraso era más un tema de evitar estar más rato con ella, tanto le conocía. Era cierto, porque él había aparcado su coche montaña arriba y precisaba caminar un poco antes de mirarla de nuevo a los ojos, necesitaba urgentemente tranquilizarse antes de que ella pudiera darse cuenta de lo nervioso que estaba. Ella mientras tanto pidió un segundo vermut, pensó que estaría un poco más animada y no tendría tanta facilidad para el llanto.
Cuando por fin él entró en el restaurante, ella no pudo ver como se aproximaba a la mesa, porque se había situado de espaldas a la puerta, rozó levemente su hombro para indicarle que había llegado, ella se levantó como tocada por un resorte. Se besaron en la mejilla, y ambos tomaron asiento, el camarero vino para tomar nota de lo que tomarían, mientras él se interesaba por cómo había tenido la mañana en su  nuevo trabajo, y en rasgos generales cómo le iba en aquella nueva empresa. Ella hizo lo propio con Gabi, y el comentó que estaba bastante agobiado desde que ella se había ido, lamentándose de los nuevos recortes de la empresa, y como estos le estaban afectando.
Después llegaron los primeros platos y por primera vez el silencio se hizo denso, se miraron a los ojos, y finalmente comenzaron a hablar de lo que realmente les había llevado a ese encuentro. Aunque una vez más las razones de ambos diferían bastante.
Ella se encontraba sola, su marido seguía trabajando fuera, y su vida social era muy limitada. Aprovechaba para ir al gimnasio durante un par de días a la semana en su tiempo de descanso, sin hacerse demasiado esperar le confesó abiertamente que le echaba de menos, con la delicadeza precisa para que lo entendiera, sin ser explícitamente lo que dijo. El no sabía cómo romper aquel momento y comenzó a hablarle de sus hijos, siempre que se ponía nervioso, solía hablar sin parar, y ella lo sabía,  de lo bien que lo pasaba con ellos, intentando alejar el objetivo de la conversación, pero se dio cuenta de que Cris se autocompadecía por no tener esos momentos en su vida, y sus ojos brillaban espectacularmente a punto de lagrimear… El camarero interrumpió para traerles un café y romper de nuevo el segundo momento denso. Ambos permanecieron en silencio mirando a través de la cristalera la playa vacía con las olas rompiendo contra las piedras. Volvieron a enfrentar sus miradas y esta vez pudo leer la súplica en los ojos de Cris, el interrogante, y finalmente una lágrima, a la que él respondió con una amable caricia en su brazo, luchando internamente con las ganas de levantarse de la silla y abrazarla. ¡Estaba tan guapa!, mucho más que todas las miles de veces que él la había imaginado.
Pensó que debía poner fin a aquel momento, porque ella estaba sufriendo, pero en realidad no quería reconocer, que ambos lo estaban haciendo. Fijó su mirada en Cris, y le pidió disculpas por tener que irse pues había quedado con un cliente. Ella aún tenía una media hora y permanecería allí, quizás tomara un segundo café o incluso una copa de pacharán.
Ambos se levantaron para despedirse, el abrazo fue estremecedor, aunque no fueron conscientes de ello, fue realmente largo, cariñoso y cálido, mucho más de lo que habían esperado. De nuevo un beso en la mejilla que ella al desviar su trayectoria a propósito, depositó en sus labios. El miró al suelo y comenzó a alejarse despidiéndose sobre la marcha, comprometiéndose a un nuevo encuentro, sin fecha, de esos que se dejan en el aire para nunca retomarlos.
Cris tomó se sentó de nuevo  y pidió un pacharán, giró su asiento para que nadie pudiera verla, y sus lágrimas cayeron de una en una, sin reparo, largo rato. El se quedó fuera del coche desde allí podía divisar la vidriera del restaurante, y a Cris llevando un clínex a su cara varias veces, con dificultad entrecortada debido a sus propias lágrimas.
Sacó su paquete de tabaco y se fumó un cigarrillo junto a la barandilla desde la que se divisaba la playa. El mar como movido por los sentimientos de ambos se estaba embraveciendo y ya nadie quedaba en la playa, comenzó a lloviznar mientras él se mantuvo allí quieto, mirando al infinito donde intentaba aclarar sus ideas, que como el mar rugían en su interior, pero que debería calmar a toda costa.
Sonó un mensaje en su móvil, lo abrió, naturalmente esperaba de quien era, o incluso más hasta lo habría apostado, era Cris:
“Me ha encantado verte, me siento mucho mejor ahora, y si no te importa, ya que eres mi único amigo, me gustaría repetirlo, quizás la semana que viene??  Quizás hasta que me encuentre mejor ¿un día a la semana, un café, sería mucho pedir? Pido mucho lo sé, pero prometo ser buena, ¡dime que al menos te lo pensarás! Besis”
La sonrisa que se dibujaba en su cara se contradecía con el temor al rumbo que pudieran seguir sus sentimientos, pues esas lágrimas, y esas enormes ganas de acariciarla, abrazarla, le habían puesto en sobreaviso de que el olvido, al menos de momento, iba a ser imposible.
Continuará…

Carla
@carlaestasola
En Madrid a 30/03/2016  a las 19:16 horas
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martes, 8 de marzo de 2016

De profesión perverso en redes






Hacía tiempo que no había vuelto a sentir aquella perversa sensación tan fuertemente acogida por su libido, desde que dejó aquella red social a la que se había enganchado de una manera insana, y que tuvo que abandonar de forma fulminante, para que no terminara con lo poco que quedaba de su vida.

Decidió contemplar el paisaje para  intentar olvidar sus instintos, afortunadamente no había mucha gente que pudiera percatarse de su erección, era demasiado temprano y el parque era poco frecuentado a esa hora, desde allí podía divisar el estanque donde la suave luz de aquella mañana de invierno, resultaría sin duda tranquilizadora para su ánimo.

Recordaba sus primeros pasos en aquella red social donde comenzó el principio del fin. Su erotismo y mensajes eran tan jodidamente llamativos que pronto comenzaron a seguirle muchas mujeres. No tenía idea de cómo en pocos meses había llegado a tener tantas personas que lo seguían. Todo iba más o menos bien hasta que comenzaron los mensajes en privado.

Sus primeros escarceos con algunas de sus seguidoras, denotaban la falta de costumbre en aquellas lides, unas risas, algunas conversaciones contractuales. Pero de vez en cuando  surgía esa chispa, ese interés por la persona que le hablaba desde el otro lado. La mayoría de las veces es cierto,  se quedaban nada más en eso, simples comentarios, saludos matinales y nocturnos. Cometió muchos errores, se equivocó unas cuantas veces… Pero poco a poco fue conociendo la forma en la que ellas funcionaban.

Casi todas eran mujeres de una edad mediana, entre la treintena y la cuarentena, profesionales muy cualificadas, generalmente con medio a alto nivel académico. Médicos, maestras, azafatas, abogadas, psicólogas, cocineras…

Lo de menos quizás era su aspecto físico. Su viveza en la respuesta, su gracia le atrapaban en un primer momento. La táctica a partir de ahí, era dar un poco de pena, siempre funcionaba, que si las carencias existenciales, que si situaciones familiares que empezaban a resultar insoportables, que si necesitaba espacio para respirar... Todas las causas perfectamente entendibles ya que ellas se hallaban en la misma tesitura. La empatía y la atracción, conversaciones más frecuentes y finalmente algún mimo daba lugar a algo más, una frase más erótica que de costumbre y todo iba sobre ruedas. La necesidad de una imagen primero, un sonido después y un largo etcétera de cúmulos en cascada derivaban finalmente en sexo cibernético.

Se convirtió en un confidente audaz, sabía discernir dónde había alguna posibilidad de encuentro, que finalmente casi siempre se producía… Excusas de viajes por trabajo que desembocaban en citas casuales para un café, y terminaban en contadas ocasiones en la habitación de un hotel. Si bien es cierto que esta no era la norma, pero ocurría.

Al principio le excitaba simplemente el mero hecho de llegar a un límite más frugal, pero en poco tiempo se convirtió en un depredador sexual en busca de víctimas. Ya lo excitante no era lo que obtenía a cambio, sexo con tantas mujeres diferentes, sino todo lo que añadía morbo a aquellas aventuras… El conocimiento de que en su mayoría eran mujeres casadas añadía un punto mordaz a su conquista y un acicate para embestir más a fondo, sin dejar a su presa la menor posibilidad de escape. Abrumarlas con cariño, interés y lo que prometía ser sexo excitante, actuaban como revulsivo eficaz.

Llegó un momento en el que prácticamente no tenía vida más que virtual, estaba conectado tantas horas que sus ojos enrojecían y la vitamina D escaseaba en su organismo. El onanismo de los actos a solas, aunque estuviera acompañado siempre por alguna interlocutora, ya no importaba si era de día o de noche. Llegó a estar noches sin dormir. Hubo veces en que se masturbaba más de treinta veces diarias, perdió mucho peso, apenas comía. Era un zombi pegado a un ordenador con los genitales a punto siempre, cada vez más excitante que la anterior.

De todos sus encuentros se olvidaba con la siguiente cita. Nadie conseguía quedar en su recuerdo, acostumbrado a todo tipo de cuerpos, las imágenes que se quedaban en su mente se limitaban a una zona muy definida en unos veinte centímetros escasos, a veces depilados por completo, otras a medias, otras con pelo, rizado, con un específico olor cada uno, aunque parecidas reacciones. Entre todas le fueron convirtiendo en un amante casi perfecto.

Todo parecía ir miel sobre hojuelas hasta que llegó ella… Ana entró en su privado un día para pedirle que apoyara una causa justa haciendo llegar un mensaje a sus seguidoras, a lo que el asintió sin problemas. A partir de ahí él comenzó su asedio, lento pero seguro, tranquilo y perverso.

Ana no iba a resultar fácil de convencer, era bastante inteligente y tenía una familia perfecta y bien estructurada, nadie le había hecho perder la cabeza, se limitaba a hablar unos minutos y ya. Era el tipo de mujer que controlaba perfectamente la situación, iba a tener que poner toda la leña en asador para conquistarla, y así lo hizo…


Continuará...

Carla
09/03/16 a las 0:05