lunes, 16 de abril de 2018

EL CIEGO - Capítulo XII - En la librería







EL CIEGO - Capítulo XII - En la librería



Irene había tomado otra vez las riendas de su vida. En el poco tiempo que le quedaba para reservarse a sí misma, procuraba ir a su casa para recuperar esa soledad que tanto la enriquecía. Solía escuchar las grabaciones que aún conservaba de Pablo en su dictáfono. Se habían convertido en su íntimo acompañante en aquellas horas en las que procuraba olvidarse de la vida que llevaba actualmente, que ni le satisfacía, ni le gustaba en absoluto. Cuidando de un pobre anciano que se empeñaba siempre en tener la razón por culpa de aquel amigo alemán que poco después del fallecimiento de su madre le diagnosticaron.

No había vuelto a su trabajo de voluntaria como lectora, apenas disponía de unas horas para descansar y normalmente solía caer en un sueño profundo cada vez que su cuerpo aterrizaba en el sofá. Las salidas con amigas habían quedado aparcadas para tiempos en que no estuviera tan cansada, y su hijo, bueno, él debía estar encantado con un padre que le había pagado unos estudios carísimos en un país europeo, para que de paso aprendiera el idioma y quién sabe si en un futuro podría ir a la universidad allí también. Sólo en vacaciones y un par de llamadas de escasos minutos a la semana eran ahora todo su contacto.

Nadie se puso de nuevo en contacto para informarla sobre el estado de Pablo. Su padre había ido empeorando con los meses y ahora apenas podía dormir, solía despertarse varias veces por la noche para que le diera la cena, aunque hiciera media hora que hubiera cenado. Por alguna causa se quedó con esa obsesión y quería comer a todas horas. Debía cerrar la puerta de la calle con llave, porque alguna vez se le había escapado a la escalera del edificio en pelota picada, montando un número de estriptis gratuito en el que las vecinas se le echaban encima a Irene por no cuidar adecuadamente del “viejo loco”, como le llamaban. Ya no podía con el agotamiento que arrastraba y muchos días llegaba tarde a trabajar, además de rendir muy poco debido a su constante cansancio.

El anciano continuó empeorando. Consiguió a duras penas que le aceptaran en un centro de día para cuidarle durante las horas que ella trabajaba, a pesar de eso tuvo que pedir reducción de jornada, con la pérdida adquisitiva que ello significaba. Procuraba darse fuerza a sí misma pero ya apenas le quedaba de dónde sacarla. Sus noches se habían convertido en un infierno con su padre deambulando por la casa en pelota picada, orinando y defecando dónde se le antojaba, incluso en alguna ocasión llegó a comportarse de manera agresiva, fue ese el momento en que decidió pedir cita con una de las Asistentes Sociales para ver si podían echarle una mano, con el centro de día ya no bastaba.

Cuando le ofrecieron la solución a su problema no paró de llorar, pero qué otra alternativa le quedaba, ella debía mantenerlos a los dos, pues con la escasa pensión del viejo no habrían podido salir adelante, y sin embargo era imposible conciliar el sueño con una persona que ya no reconocía entre día y noche, bien o mal, y para colmo estaba dejando de razonar. No tuvo más remedio que aceptar que ingresaran a su padre en una residencia, el único consuelo que le quedaba era que allí al menos estaría atendido las veinticuatro horas del día y estaría cuidado por profesionales que le atenderían mucho mejor que ella. El único problema era que no estaba precisamente cerca, pero se adaptaría a ir a visitarle tanto como pudiera.

Una vez más se quedada sola, volvía a su casa y todo encajaba en su lugar, dos años después de la muerte de su madre, parecía que nada hubiera pasado, pero ahora cuando se deprimía era mucho peor, cada vez. Tenía períodos en los que apenas pisaba la calle, exclusivamente para ir a trabajar, pero las bajas laborales se hicieron el pan de cada día. Cada vez eran más largas. Su amiga decidió ir al rescate, y se presentaba en casa con ánimo de hacerla reaccionar para que saliera con ella de marcha alguna vez, pero Irene no tenía el parrús para farolillos, y prefería el tierno abrazo de los libros.  Una vez debió de pillarla en un momento tonto de escasa convicción y consiguió que se vistiera y salieran a dar una vuelta. Tomaron algo en una terraza, comenzaba una primavera con temperatura agradable y los trinos de los pájaros se hacían escuchar aun en esta ciudad, sin duda sería época de cría. El Parque del Retiro estaba como siempre en esta época, sencillamente precioso. Pasadas las ciclo génesis  de los últimos tiempos, se había realizado una limpia y poda y los árboles aparecían llenos de nuevos brotes, con una preciosa carta de colores en todas las tonalidades de verde. Se sentaron en una de aquellas terrazas, junto al Estanque para tomar algo.

Todo le parecía nuevo, el tenue y tímido sol apenas calentaba sus cuerpos, y tuvo la sensación de renacer a la vida, tanto tiempo había permanecido inerte que las sensaciones parecían ser nuevas para ella.

Su amiga le animó a ir de compras, la ropa nueva le sentaría estupenda con esos kilos que había perdido, además de que su armario hacía años que no se renovaba. Ahora con la pequeña pensión de su padre podía ocuparse de los gastos de él, incluso de ahorrar algo. Tras tanto tiempo sin salir se había hecho con un pequeño capital que iría bien no para mucho la verdad, pero al menos si para unas compras. Apenas soportó un par de horas de tiendas, pero que esperaba después de tanto tiempo sin salir, el suficiente para llegar a casa agotada y con dos bolsas llenas para renovar su fondo de armario de una vez. Ahora podía sumergirse en el sofá, descansar y leer de nuevo. Pensó que quizás para relajarse estaría bien escuchar alguna de las historias de Pablo y así se dispuso a hacerlo… Como antaño le resultó de lo más excitante, realmente él sabía cómo encender la piel de una mujer,  y para variar terminó onanísticamente reconciliada consigo, y durmiendo a pierna suelta después, como siempre…

Seguramente algún día de esa semana saldría a comprar libros, hacía mucho tiempo que no lo hacía y se encontraba al fin animada para ello. Alternaba las visitas a su padre que ya  eran cada vez más espaciadas, el no estaba ya con la capacidad de reconocerla y eso le bajaba mucho la moral cada vez que iba. Apenas se movía de la silla en la que le tenían sentado, incluso habían tenido que sujetarle el pecho con una faja a la silla para que no se desplomara, o levantara. Sus brazos estaban también sujetos a los del asiento para que no se levantara. Las enfermeras le habían contado… eso que ella ya conocía de antemano, que a la primera de cambio se quitaba la ropa, y como Dios le trajo al mundo se paseaba cagándose y meandose por donde le daba la gana. Cada vez que iba a verle, pasaba varios días ensimismada en sus pensamientos depresivos, pero la lectura le sacaba de ellos casi por arte de magia, y si hay algo que no estaba dispuesta a sacrificar, era eso, leer.

Aquella tarde cuando salió de trabajar se dirigió a su librería favorita, se perdió entre los pasillos y estanterías, era un mundo inagotable. Autores, títulos, miles de letras que llamaban sus ganas de leer tanto que tenía que controlar pues no podía gastar tanto como le habría gustado. Comenzó a tomar notas sobre compras que sin duda iría realizando en los próximos meses, pero para ahora había ya recolectado tres libros de los estantes que no podía esperar para leer. Se dirigió a la caja para pagar y se puso a la cola, que constaba apenas de un par de personas. Alguien desde detrás le preguntó si era la última, y de repente sintió un escalofrío por todo el cuerpo, se giró y ahí estaba, su mente comenzó a reaccionar a velocidad supersónica. Si era Pablo, pero no quería ser reconocida, no podía ser, ese hombre de nuevo estaba inquietándola sin ni siquiera tocarla estaba temblando, cómo hacer para que no advirtiera nada, cómo para que no supiera que era ella… No podía reconocerla físicamente, puesto que nunca la había visto, pero había algo que desde luego no podía hacer si quería pasar desapercibida, no hablar eso sin duda… Se giro un poco y asintió con la cabeza. De reojo le miró. Estaba muy elegante con una chaqueta gris oscuro y un delicado pañuelo en su cuello. Sus manos eran, eran impresionantes, no quería mirarlas porque pensaba sin querer en sus historias, esas que ella escuchaba… Llegaron a la caja y todo acabó ahí… Pero se olvidó del cambio en el mostrador con las prisas de querer desparecer cuanto antes. El cajero la interpeló y él golpeó levemente su espalda para acercarle el dinero que había quedado en el mostrador. No quería hablar, pero finalmente debía agradecerle el gesto, no significaba por eso que fuera a reconocerla, se auto convenció… “Muchas gracias, es usted muy amable”… Y salió disparada hacia la puerta. Sus penetrantes ojos negros se quedaron mirándola, se quedó allí con la mano tendida mirando como aquella pequeña mujer se alejaba, parecía querer huir de él, y sin embargo aquella voz le resultaba tan familiar… ¿Dónde la había escuchado antes?, porque sin duda lo había hecho, y la conocía muy bien, con todas sus inflexiones… Había desaparecido tan de repente que no le había dado tiempo a reaccionar, pero era ella sin duda. Esa mujer era Irene, la voz del ángel que durante tantos meses le había narrado la vida, cómo podría olvidarla, nunca.

Miró su reloj, las siete y diez, martes, tenemos una cita pendiente se dijo interiormente, querida Irene.


@carlaestasola



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