martes, 29 de mayo de 2018

Serie Negra - Poema Número 2






Poema Número 2


El humo de su cigarrillo,
volaba en sentido contrario
a sus pensamientos.
Hacia su espalda,
rozando el lóbulo de su oreja.
daba la sensación
de ser tragado por ella,
tras la ventana abierta.

Volver de la locura
es un camino incierto
que el asesino no contempla,
no racionalmente al menos,
eso queda para los cuerdos.

Placer, vanidad, orgullo,
lujuria, risas, ego.

Para un asesino a sueldo
un fiambre no es razón
para salir corriendo,
la huída nunca demasiado precipitada.
Demostrando sosiego, profesionalidad.

Se regodea contemplando la escena,
evaluando los parámetros mentalmente,
perfecto, se dice hacia dentro,
mientras apaga su cigarrillo
aplastándolo fuertemente
contra el alcorque de la ventana.

Es hora de continuar con su lista.
20.000 euros por cabeza.
Guarda su amada arma,
caliente aún el cañón en su extremo.
Ella nunca le falla.
No la cambiaría ni por la mejor de las mujeres,
la cuida, la acaricia, la mima.
Sabe que algún día no muy lejano
descansará a su lado,
si antes el que le mate no se la arrebata.

Levanta sus posaderas,
sale de la escena con parsimonia egregia.
sin molestarse en cerrar la puerta.
Esa valentía que da el trabajo finalizado,
bien hecho se dice de nuevo.
Sabe que nunca escuchará ese halago
del pagador,
por eso se lo regala,
y eso qué importa, mientras se valore el mismo.

Agacha la cabeza, la lluvia arrecia.
Sube el cuello de su chaqueta
mientras piensa,
A ver si sigue su racha
y sigue sin necesitar una segunda bala,
que está la vida muy achuchada…

Claqueta, Escena primera -escenario del crimen- Segunda toma

@Carlaestasola
Mi guiño a los que escriben género Novela Negra.



***


Música: Kenny Burrell - Midnight Blue (1963) 

Imagen: Copyright 2016 Emons Verlag GmbH. Edición en Estados Unidos, Libros Thomas Dunne

#Negra #Crimen #Asesino #sueldo #Escena

lunes, 16 de abril de 2018

EL CIEGO - Capítulo XII - En la librería







EL CIEGO - Capítulo XII - En la librería



Irene había tomado otra vez las riendas de su vida. En el poco tiempo que le quedaba para reservarse a sí misma, procuraba ir a su casa para recuperar esa soledad que tanto la enriquecía. Solía escuchar las grabaciones que aún conservaba de Pablo en su dictáfono. Se habían convertido en su íntimo acompañante en aquellas horas en las que procuraba olvidarse de la vida que llevaba actualmente, que ni le satisfacía, ni le gustaba en absoluto. Cuidando de un pobre anciano que se empeñaba siempre en tener la razón por culpa de aquel amigo alemán que poco después del fallecimiento de su madre le diagnosticaron.

No había vuelto a su trabajo de voluntaria como lectora, apenas disponía de unas horas para descansar y normalmente solía caer en un sueño profundo cada vez que su cuerpo aterrizaba en el sofá. Las salidas con amigas habían quedado aparcadas para tiempos en que no estuviera tan cansada, y su hijo, bueno, él debía estar encantado con un padre que le había pagado unos estudios carísimos en un país europeo, para que de paso aprendiera el idioma y quién sabe si en un futuro podría ir a la universidad allí también. Sólo en vacaciones y un par de llamadas de escasos minutos a la semana eran ahora todo su contacto.

Nadie se puso de nuevo en contacto para informarla sobre el estado de Pablo. Su padre había ido empeorando con los meses y ahora apenas podía dormir, solía despertarse varias veces por la noche para que le diera la cena, aunque hiciera media hora que hubiera cenado. Por alguna causa se quedó con esa obsesión y quería comer a todas horas. Debía cerrar la puerta de la calle con llave, porque alguna vez se le había escapado a la escalera del edificio en pelota picada, montando un número de estriptis gratuito en el que las vecinas se le echaban encima a Irene por no cuidar adecuadamente del “viejo loco”, como le llamaban. Ya no podía con el agotamiento que arrastraba y muchos días llegaba tarde a trabajar, además de rendir muy poco debido a su constante cansancio.

El anciano continuó empeorando. Consiguió a duras penas que le aceptaran en un centro de día para cuidarle durante las horas que ella trabajaba, a pesar de eso tuvo que pedir reducción de jornada, con la pérdida adquisitiva que ello significaba. Procuraba darse fuerza a sí misma pero ya apenas le quedaba de dónde sacarla. Sus noches se habían convertido en un infierno con su padre deambulando por la casa en pelota picada, orinando y defecando dónde se le antojaba, incluso en alguna ocasión llegó a comportarse de manera agresiva, fue ese el momento en que decidió pedir cita con una de las Asistentes Sociales para ver si podían echarle una mano, con el centro de día ya no bastaba.

Cuando le ofrecieron la solución a su problema no paró de llorar, pero qué otra alternativa le quedaba, ella debía mantenerlos a los dos, pues con la escasa pensión del viejo no habrían podido salir adelante, y sin embargo era imposible conciliar el sueño con una persona que ya no reconocía entre día y noche, bien o mal, y para colmo estaba dejando de razonar. No tuvo más remedio que aceptar que ingresaran a su padre en una residencia, el único consuelo que le quedaba era que allí al menos estaría atendido las veinticuatro horas del día y estaría cuidado por profesionales que le atenderían mucho mejor que ella. El único problema era que no estaba precisamente cerca, pero se adaptaría a ir a visitarle tanto como pudiera.

Una vez más se quedada sola, volvía a su casa y todo encajaba en su lugar, dos años después de la muerte de su madre, parecía que nada hubiera pasado, pero ahora cuando se deprimía era mucho peor, cada vez. Tenía períodos en los que apenas pisaba la calle, exclusivamente para ir a trabajar, pero las bajas laborales se hicieron el pan de cada día. Cada vez eran más largas. Su amiga decidió ir al rescate, y se presentaba en casa con ánimo de hacerla reaccionar para que saliera con ella de marcha alguna vez, pero Irene no tenía el parrús para farolillos, y prefería el tierno abrazo de los libros.  Una vez debió de pillarla en un momento tonto de escasa convicción y consiguió que se vistiera y salieran a dar una vuelta. Tomaron algo en una terraza, comenzaba una primavera con temperatura agradable y los trinos de los pájaros se hacían escuchar aun en esta ciudad, sin duda sería época de cría. El Parque del Retiro estaba como siempre en esta época, sencillamente precioso. Pasadas las ciclo génesis  de los últimos tiempos, se había realizado una limpia y poda y los árboles aparecían llenos de nuevos brotes, con una preciosa carta de colores en todas las tonalidades de verde. Se sentaron en una de aquellas terrazas, junto al Estanque para tomar algo.

Todo le parecía nuevo, el tenue y tímido sol apenas calentaba sus cuerpos, y tuvo la sensación de renacer a la vida, tanto tiempo había permanecido inerte que las sensaciones parecían ser nuevas para ella.

Su amiga le animó a ir de compras, la ropa nueva le sentaría estupenda con esos kilos que había perdido, además de que su armario hacía años que no se renovaba. Ahora con la pequeña pensión de su padre podía ocuparse de los gastos de él, incluso de ahorrar algo. Tras tanto tiempo sin salir se había hecho con un pequeño capital que iría bien no para mucho la verdad, pero al menos si para unas compras. Apenas soportó un par de horas de tiendas, pero que esperaba después de tanto tiempo sin salir, el suficiente para llegar a casa agotada y con dos bolsas llenas para renovar su fondo de armario de una vez. Ahora podía sumergirse en el sofá, descansar y leer de nuevo. Pensó que quizás para relajarse estaría bien escuchar alguna de las historias de Pablo y así se dispuso a hacerlo… Como antaño le resultó de lo más excitante, realmente él sabía cómo encender la piel de una mujer,  y para variar terminó onanísticamente reconciliada consigo, y durmiendo a pierna suelta después, como siempre…

Seguramente algún día de esa semana saldría a comprar libros, hacía mucho tiempo que no lo hacía y se encontraba al fin animada para ello. Alternaba las visitas a su padre que ya  eran cada vez más espaciadas, el no estaba ya con la capacidad de reconocerla y eso le bajaba mucho la moral cada vez que iba. Apenas se movía de la silla en la que le tenían sentado, incluso habían tenido que sujetarle el pecho con una faja a la silla para que no se desplomara, o levantara. Sus brazos estaban también sujetos a los del asiento para que no se levantara. Las enfermeras le habían contado… eso que ella ya conocía de antemano, que a la primera de cambio se quitaba la ropa, y como Dios le trajo al mundo se paseaba cagándose y meandose por donde le daba la gana. Cada vez que iba a verle, pasaba varios días ensimismada en sus pensamientos depresivos, pero la lectura le sacaba de ellos casi por arte de magia, y si hay algo que no estaba dispuesta a sacrificar, era eso, leer.

Aquella tarde cuando salió de trabajar se dirigió a su librería favorita, se perdió entre los pasillos y estanterías, era un mundo inagotable. Autores, títulos, miles de letras que llamaban sus ganas de leer tanto que tenía que controlar pues no podía gastar tanto como le habría gustado. Comenzó a tomar notas sobre compras que sin duda iría realizando en los próximos meses, pero para ahora había ya recolectado tres libros de los estantes que no podía esperar para leer. Se dirigió a la caja para pagar y se puso a la cola, que constaba apenas de un par de personas. Alguien desde detrás le preguntó si era la última, y de repente sintió un escalofrío por todo el cuerpo, se giró y ahí estaba, su mente comenzó a reaccionar a velocidad supersónica. Si era Pablo, pero no quería ser reconocida, no podía ser, ese hombre de nuevo estaba inquietándola sin ni siquiera tocarla estaba temblando, cómo hacer para que no advirtiera nada, cómo para que no supiera que era ella… No podía reconocerla físicamente, puesto que nunca la había visto, pero había algo que desde luego no podía hacer si quería pasar desapercibida, no hablar eso sin duda… Se giro un poco y asintió con la cabeza. De reojo le miró. Estaba muy elegante con una chaqueta gris oscuro y un delicado pañuelo en su cuello. Sus manos eran, eran impresionantes, no quería mirarlas porque pensaba sin querer en sus historias, esas que ella escuchaba… Llegaron a la caja y todo acabó ahí… Pero se olvidó del cambio en el mostrador con las prisas de querer desparecer cuanto antes. El cajero la interpeló y él golpeó levemente su espalda para acercarle el dinero que había quedado en el mostrador. No quería hablar, pero finalmente debía agradecerle el gesto, no significaba por eso que fuera a reconocerla, se auto convenció… “Muchas gracias, es usted muy amable”… Y salió disparada hacia la puerta. Sus penetrantes ojos negros se quedaron mirándola, se quedó allí con la mano tendida mirando como aquella pequeña mujer se alejaba, parecía querer huir de él, y sin embargo aquella voz le resultaba tan familiar… ¿Dónde la había escuchado antes?, porque sin duda lo había hecho, y la conocía muy bien, con todas sus inflexiones… Había desaparecido tan de repente que no le había dado tiempo a reaccionar, pero era ella sin duda. Esa mujer era Irene, la voz del ángel que durante tantos meses le había narrado la vida, cómo podría olvidarla, nunca.

Miró su reloj, las siete y diez, martes, tenemos una cita pendiente se dijo interiormente, querida Irene.


@carlaestasola



jueves, 23 de noviembre de 2017

Fuimos Luna




Las ausencias son lunares que nos cubren la piel,
su tono de marrón depende de las noches
que hayas perdido echando de menos,
los más oscuros ya casi duelen.

Se que no leerás mis letras,
y aún así las escribo miles de veces,
todas dirigidas a ti,
aunque con miles de nombres
que no me leen...
Más horas de ausencia
que se suman al abismo.

Y tu vivirás feliz
pasaras por tantas relaciones,
después de mi, conmigo, a la vez, simultáneamente...
Que ya ni siguiera recuerdas
que fuimos luna,
y estrellas,
en noches de insomnio.

A ti, que tocarás tu música
llenando el silencio,
mirando al tranquilo mar de tu playa.
Con tus hijos,
esos que fueron un poco míos, también
a ratos.

Esos que te alejan de esta ciudad,
donde desafortunadamente vegeto.
Y camino mirando a los que se abrazan,
me molestan los besos que no son en privado...
¡Qué desagradable despliegue de ostentación innecesario!
Qué manía con hacer ver a los demás
lo que debería ser entre dos.
¡Tanta mala educación!
Y tan molesta!

Y camino aunque ya no tanto,
los años hacen mella,
las ganas hacen pozos,
las penas hacen lunares
y los sueños estrellas.

@carlaestasola

Madrid, jueves 23 de Noviembre a las 13:05




viernes, 24 de marzo de 2017

Eyaculación








Cuando la espuma de tu mar
brota salvaje inundando
la cueva de mi orilla
en ese momento íntimo
tu magma templado
surte de cientos de erupciones
mis sentidos
provocando
una inundación
que baña nuestras
entradas obstruidas
por la pasión del instante

Me siento tierra
Pachamama ancestral y conciliadora
entre un universo de sistemas.
Raíz de vida no concebida
donde el potente instinto
de reproducción impide
que salgas.

Te acoge y oprime entre
convulsas sacudidas sísmicas
miles de terremotos uniendo dos continentes
no físicos

La marea que finalmente se desborda,
recorre el valle que baja entre columnas "Non Plus Ultra",
derribadas por tus huestes.

Es entonces cuando una calma inmensa
adormece las fronteras y
perdemos la noción de espacio.

El territorio ha perdido sus barreras,
las banderas, los guerreros
han sucumbido a Morfeo
y procuran tomar aliento
para la próxima batalla.

La revancha estará de nuevo
en nuestras manos,
cuando empuñemos de nuevo
el arma mortal
que nos destruye
mientras cambia nuestros rostros
en lascivia y emergen
Eros y Venus desnudos en su apogeo.

¿Quién dijo que no somos dioses de un Olimpo?
Tu por mi y yo contigo
aunque también sin ti

Yo por ti, y tu conmigo
incluso sin mi.

No vuelvas a revivirme
sin mi consentimiento,
o aniquilaré tus ejércitos
anegando tus tierras
rompiendo diques
corriendo

O mejor ven,
que ya no te temo.
Aprendí  a gestionar mis poderes
desde el otro lado de tu reino.

Ahora ya no soy esclava,
ahora, siempre venzo.

@carlaestasola
Madrid a 17 de Febrero de 1017 a las 1:38


lunes, 20 de febrero de 2017

Hipófanes y Sísife





Cada vez que ellos se encontraban se olvidaban del mundo que les rodeaba. El de su esposa y sus hijos, del trabajo, de la constante presión de una vida que le obligaba a estar muerto en vida. Ella de su marido, de sus hijos, de la absurda soledad después de haber entregado sus mejores años como esclava para la felicidad de los que la rodeaban. Ahora su trabajo ya no era estresante y sin embargo era el más estresante en la teoría de lo absurdo. Hacer para que otros deshagan y volver a comenzar al día siguiente el mismo trabajo, para finalizar el día de nuevo en la misma posición en la que había empezado cada mañana.

En ese limbo de horas quemaban sus cuerpos ungidos en lujuria, la más demencial y absoluta, toda la imaginada y mucho más, se entregaban sin límites a sus pasiones más bajas. Sus pieles ardían bajo las llamas del deseo absoluto y se apagaban con los líquidos que de ellos mismo emanaban, para comenzar de nuevo la escalada desde la humedad sumida en sus poros, desde la que renacía con mayor virulencia la desesperación de todo el deseo frustrado. A veces doloridos, sus cuerpos llenos de marcas, lograban despertar del sueño infernal de sus extremos enzarzados, unidos por lazos invisibles. Ojos que incendiaban prendiendo una y otra vez una insofocable llama.

Escondidos en sus refugios temporales, fueron perseguidos y vigilados, hasta ser cogidos in fraganti un día y detenidos por la autoridad competente en cuestiones morales. Fueron conducidos a un lugar apartado de su mundo, donde la conexión con la realidad se perdió por completo. En aquellas celdas separados por las rejas, se observaban el uno al otro, sin entender cómo habían podido llegar hasta allí, ni cual había sido su culpa en una sociedad en la que todo el mundo vivía la libertad de lo que a cada uno se le antojaba. La doble moral de un “dios” que precisaba el sacrificio justificador de tanto libertinaje encubierto les había hecho crear una especie de inquisición, para muy de tarde en tarde culpabilizar a algún estúpido escogido por azar para pagar por los pecados del resto de la sociedad, y poder así perpetuar su modo de vida, cumplimentando a quién habían hecho su “dios” con unos cuantos cautivos que pagarían con sus vidas el pecado en el que vivían.

Habían perdido la noción del tiempo en aquellas celdas, esperando un juicio que nunca llegaba, cuando un tercer inculpado llegó para compartir la celda de él.  Era un muchacho muy joven con un cuerpo escultural, unos músculos brillantes, y un rostro realmente bello. Pudieron admirar con calma la enorme belleza de su cuerpo ya que llegó completamente desposeído de su ropa. Se les prohibió hablar entre ellos, así es que lo poco que pudieron comunicarse fue por señas, indicaciones con las miradas.

Llegaron a empatizar con su desconocida historia simplemente por cómo se comportaba, era amable con él, y con ella. Y para sorpresa de ambos su sexo no paraba de sorprendernos erectándose constantemente. Era maravilloso ver como se masturbaba con esa naturalidad ante ellos, y disfrutaba plenamente de cada una de sus masturbaciones. Obsequiaba su vista con todo tipo de caricias sobre su persona. Lograba excitarles a ambos, era consciente de ello y sonreía picaronamente mientras se excitaba más aún con el fingido recato. Sus eyaculaciones eran tan fuentes que disparaban muy arriba esa lefa que provenía de su inmenso y viril prepucio. Sin duda si no hubiera habido separaciones entre las celdas, aquello habría terminado en algún momento por convertirse en un trío convulso y pleno de satisfacciones para todos. Sísife estaba comenzando a perder su recato, ya comenzaba a acariciar su clítoris cuando él se masturbaba y su amante se erectaba también. Todo sucedía sin que nada indicara que la proximidad  del juicio que estaban esperando se acercara.
Pero así fue, un buen día se abrió la puerta y aquel carcelero con sus llaves, entró en la celda de ella y se la llevó, mientras se alejaba por el pasillo el derramó algunas lágrimas.

El carcelero y Sísife entraron en una sala donde seres deformes reían y bebían algo extraño en copas de metal, le recordaron alguna escena de películas de la edad media. El esplendor y las joyas que les adornaban, no evidenciaron la falta de educación con la que de repente se comportaron. Todos se levantaron para tocarla… Unos apretaban sus nalgas, otros susurraban a su oído auténticas burradas, uno pellizcó sus pezones hasta hacerla gritar, y una vez escuchó su grito, lamió uno de sus pezones expresando de viva voz, cuanto le gustaba.

Tomaron asiento de espaldas a ella, gritaron, y discutieron largo rato, no podía entenderles, ni escuchaba de los que estaban hablando, entre los gritos, las risas, la música tan alta… Cuando se hizo el silencio, todos apoyaron sus manos en el hombro del que le había chupado el pezón. y desparecieron de la sala. El volvió su asiendo para quedarse allí muy quieto mientras sus ojos la desnudaban.

El jurado, dijo ha dictado sentencia, ahora está todo en mis manos.

Ella no podía entender cuál sería el siguiente paso, pues nada se le había comunicado acerca de la decisión.

El era enormemente alto, sus dimensiones eran poco humanas, parecía más un animal que una persona. Su cintura era muy estrecha pero su cuello y su espalda, brazos y piernas eran inmensamente musculadas. Tenía el pelo largo, una rojiza barba, encorvadas cejas, en una de ellas había una cicatriz que la cortaba a la mitad. Recordaba a los antiguos gladiadores de Roma, o a una estatua. Enrolló el pergamino que todos habían firmado, que estaba aun sobre la mesa en medio de las copas que todos habían dejado y se lo entregó para que lo leyera, con un gesto amable, volvió a sentarse, mientras la observaba.

Leyó atentamente todos los puntos que contenía aquel pergamino sin salir de su asombro, eran las condiciones para poder recuperar la libertad, no sólo la suya sino la de su amante. 

Lo que a cambio se le pedía no era gran cosa, después de todo lo que había vivido últimamente atender a los deseos de aquel gigante no iba a ser nada que no hubiera hecho antes.

Cuando terminó de leer el pergamino, le miró fijamente. Y le preguntó cuál era su decisión al respecto. No había muchas dudas la verdad, o cumplir con lo que allí se pedía como esclava del gigante o ambos ella y su amante morirían de una forma cruenta y dolorosa a la moda de la edad media. Parece que se habían quedado anclados en aquella época.

Bien, le dijo el gigante, estoy esperando tus palabras

Asintió sin dudarlo, estuvo de acuerdo con la sentencia.

Ummmm … fue todo lo que oyó por respuesta… Desnúdate muy despacio querida quiero ver ante mí la belleza que tu amante ha disfrutado.

Mientras, él la miraba.

Desde ese momento el también comenzó a desnudarse, allí sentado, tocaba su enorme miembro, que habría asustado hasta a un caballo, hasta conseguir una erección. Sus propios gemidos acompasados mientras la observaba con sus enormes ojos y ese brillo rojizo que hacía que el marrón ardiera. Su lengua que relamió sus labios con avidez, mientras su saliva caía sobre el pecho peludo sobre el que sobresalían picudos sus pezones erectos también…

El último recuerdo que tuvo fue cuando el se levantó de su asiento, y caminando hacia ella con pasos muy largos se aproximó a su hombro y susurró algo en su oído. Lo que sucedió después quedó como una zona en blanco de su memoria, no sabía si su propio subconsciente lo habría borrado, pero el caso es que nada logró recordar de lo que sucedió.

Milagrosamente olvidado todo, se encontró de la mano del carcelero encaminándose a la celda de Hipófanes. Su compañero ya no se encontraba en la celda, estaba solo, la miró sorprendido, su aparición allí era algo que desde luego no esperaba.

El carcelero abrió la puerta y el salió, iba a intentar hablar pero el carcelero tapó su boca con esa enorme mano. Sin palabras les condujo por un laberinto de pasillos abovedados, semioscuros hasta casi agotarlos tanto cambio de dirección y de caminar tanto. Al final en una sala que parecía algo más iluminada había una celda custodiada por dos enormes figuras gigantes, supongo que también carceleros, en el suelo de la celda, aunque muy de pasada, pues el carcelero que les acompañaba les llevaba a empujones intentando que acelerasen su paso, vieron a su compañero de celda. Parecía inerte, no adivinaron si aun estaba vivo, no había un centímetro de su cuerpo que no tuviera una herida sangrante, aunque no parecían graves, si eran muy desagradables. Su cabeza era una gran pieza metálica que se asemejaba a un tótem, tan sólo se vislumbraba a través de una rejilla su boca. Sus atributos estaban cubiertos con una especie de cinturón de castidad de cuero y metal parecido a los que se usan para impedir que su miembro se erectara. 

Otro empujón del carcelero les hizo salir de la sala a prisa, llegaron al final de otro pasillo que parecía iluminado en color rojo, desde el que salía una escalera que ascendía  por un tubo desde el que sólo se veía oscuridad y leves reflejos que llegaban del rojo intenso de la sala. El carcelero les mandó subir, su amante subió primero para ir abriendo el camino. El carcelero gritó que subieran rápido que el tiempo apremiaba, que no dejaran de ascender pasara lo que pasara y veran lo que vieran. Comenzaron a subir rápidamente hasta que muy  pronto perdieron de vista al carcelero.

En el ascenso tan rápido como pudieron sólo distinguían que la superficie del suelo era redondeado, tanto que en algunas zonas resbalaban, pero siguieron ascendiendo, el tubo se estrechaba cada vez más y más, apenas cabían sus cuerpos, pero no dejaron de escalar… Estuvieron largo tiempo subiendo, agotados  vieron finalmente cómo una leve luz penetraba desde el fondo del túnel…  Con su reflejo comprobaron aterrorizados, que el suelo de la escalera por la que subían no era otra cosa que calaveras petrificadas incrustadas en un barro rojizo… Con angustia alcanzaron aquellos metros finales, cuando la luz se hizo insoportable salieron a un agujero en el suelo de un césped que había sido destapado, una pesada reja de hierro reposaba en suelo a uno de los lados. Salieron  sin saber dónde se encontraban y sin mirar atrás, corrieron sin parar hasta que el murmullo de gente les reconfortó, estaban de vuelta  en su mundo, no sabían en que ciudad, ni en que parque, pero habían sido liberados.

Siempre les carcomió la incertidumbre de lo que habría pasado con aquel gigante para que les concediera la liberación, pero nunca  logró recordarlo. Acordaron no volver a encontrarse nunca más, borrarlo todo como si nunca hubiese pasado.

Ella estaba segura de que salir de allí había sido un premio lo suficientemente grande como para no volver a repetirlo.

Desde que salió de allí hizo un acto de redención y olvidó su pasado. Volvió a su vida sin complicarse más con historias ajenas, Se convenció de que su vida era lo más importante y que cualquier cosa que la pusiera en peligro debía ser apartada de inmediato.

A medida que iban pasando el tiempo sintió cómo la madurez se aceleraba y le había cambiado, la había vuelto una mujer fuerte ante cualquier situación pero muy débil físicamente desde que saliera de aquella cueva. Su salud se había resentido.

Lamentablemente sus estados de somnolencia están convirtiendo su  forma de vida en algo mucho más relajado. Ha acudido a los médicos para que pudieran ayudarle a no dormir tanto, pero después de mirarle unos cuantos especialistas han decidido que forma parte de sus propios biorritmos ese cambio, y que debe adaptarse a él con la mayor naturalidad posible, al fin y al cabo si me sirven para relajarla nada ven que pueda ser nocivo en dormir un rato, incluso en hacer varias siestas cortas a diario.

Por eso cada vez que comienza a sentir ese sopor se ve obligada a  recostarse en el sofá o en la cama para dormir un rato. Tal y como su organismo pide a gritos, simplemente lo hace.

Lo único que viene a su mente cada vez que comienza  a quedarse dormida es el brillo rojizo de los ojos de aquel gigante.

@carlaestasola
Madrid a 18 de Febrero de 2017 a las 15:03


jueves, 9 de febrero de 2017

Llamadas











Adoraba aquella voz de bobito pasmado,
que traslucía el nerviosismo de lo deseado.

Entrecortada y feliz, como la de un niño
al oír música por primera vez.

Elogiando mis notas 
con cada uno de sus silencios,
admirando cada inflexión...

Esperando que se produjera
ese espacio cada día
donde encontrarnos,
entre las ondas 
de un mar de sonrisas
gestuales sin sonidos
tras el sonido
de nuestras voces

@carlaestasola

Madrid 9 de Febrero 2017 a las 00:32











martes, 24 de enero de 2017

Fechas olvidadas





Amaneció con una certeza:
algún día él la olvidaría.

Ni siquiera recordaría las fechas señaladas.
Ningún recuerdo había dejado.
Tan sólo la lluvia se quedó
para hacerle  compañía.

Días que no son ya importantes.
Ni siquiera para ella,
pues perdieron
el aroma  y la esperanza
que proporcionan unos gramos de locura
perdidos,
ajados,
tirados..

Un año más perdida ya la cuenta
de tantos,
hasta aquel que dio sentido
a la esperanza
muerta,
incinerada,
y enterrada

Entre tantas otras

@carlaestasola